07-12-2007
La historia de Prozac tiene ya 20 años
.
Muchas transnacionales farmacéuticas estaban, por entonces,
tratando de encontrar
productos nuevos con los que tratar la depresión. La terapia
de la que se
considera la peor enfermedad que puede padecer el hombre -el 15%
de los que
repetidamente la padecen se suicidan- no estaba, en 1974, en su mejor
momento.
Aunque existían antidepresivos de probada eficacia, todos
tenían, también,
efectos secundarios indeseables. Los tricíclicos y los inhibidores
de la
monoaminoxidasa -el arsenal terapéutico de la época-
provocaban en los paciente
unos problemas nada desdeñables. El sueño insuperable
durante las primeras
semanas, la sequedad de boca, el temblor de las manos, el estreñimiento
o los
potenciales problemas cardiovasculares que causaban los antidepresivos
de
entonces hacían que esos fármacos fueran únicamente
recetados por los que más
experiencia tenían con ellos: los psiquiatras.
También por este motivo, hasta los propios deprimidos abandonaban
muchas veces
el producto, máxime si no veían mejoría a corto
plazo.
Las cosas empezaron a cambiar a mediados de los años 70.
Los trabajos de
Salomon Snyder, en la John Hopkins University en Baltimore, sobre
la sinápsis
de las neuronas y las nuevas drogas de diseño creadas por
Brian Molloy y David
Wong, en los laboratorios farmacéuticos de Lilly Indiana,
dieron sus frutos.
En una molécula sintetizada por Molloy, la IL 82816 -la fluoxetina-,
estaba la
solución. Como demostró poco después Wong en
sus experiencias con tejido
nervioso animal, la 82816 podría ser lo que estaban buscando.
Al contrario que
los antidepresivos clásicos llenos de efectos secundarios
con acciones sobre
múltiples neurotransmisores, la fluoxetina era
un fármaco que selectivamente
inhibía un solo neurotransmisor: la serotonina. Era una «droga
limpia».
Trece años después, esa droga limpia, conocida comercialmente
como Prozac,
obtuvo la aprobación de la FDA estadounidense y estuvo disponible
con receta en
las farmacias norteamericanas.
Han bastado seis años para que Prozac se
convierta en el fármaco estrella de la
Lilly, para que sus ventas hayan alcanzado, en 1993, unos 170.000
millones de
pesetas y 10 millones de humanos consuman cada día una cápsula
de Prozac. Una
«píldora» que, al menos en EEUU, se ha convertido,
además, en un fenómeno
social. La fama adquirida por Prozac se debe a muchas
causas. Quizá la más
relevante sea la seguridad del producto. El fármaco, sin ser
inocuo -la
frecuencia de insomnio y náuseas no es nada despreciable-,
tiene muchos menos
efectos secundarios que sus antecesores.
Este ha sido el motivo por el que los médicos generales le «han
perdido el
respeto» y lo recetan en igual o mayor proporción que
lo hacen los psiquiatras.
El número de enfermos que potencialmente lo van a consumir
se ha multiplicado.
Por otra parte, el papel de Prozac como antidepresivo
se ha ampliado a otras
patologías. La propia FDA ha autorizado el uso del producto
no sólo para los
enfermos deprimidos sino, también, para los obsesivo-compulsivos
y para los que
padecen de bulimia.
El resto, hasta llegar a la cima en la que ahora se encuentra, lo
ha hecho el
boca a boca entre enfermos tratados y los por tratar y, sobre todo,
los medios
de comunicación. Prozac ha ocupado muchas
páginas de los más prestigiosos rotativos del planeta
y publicaciones literarias que han hecho que la cápsula de Prozac en
América sea tan conocida casi como la aspirina.

